Bobby Fischer: la infancia del pequeño diablo (II)
“En el
colegio, Bobby estaba siempre callado y poco interesado en las clases.
De vez en cuando sacaba su pequeño tablero de bolsillo y se ponía a
jugar algunas partidas. Invariablemente era descubierto por el profesor,
que le decía: «Fischer, no puedo obligarte a escuchar la lección ni
puedo impedir que juegues al ajedrez, pero hazlo por mí, por favor deja
el tablero». Bobby, cortésmente, dejaba el tablero a un lado y se
quedaba sentado en un pétreo silencio. Y todos sabíamos, incluido el
profesor, que seguía jugando al ajedrez en su cabeza”
Su mundo era el ajedrez.
El pequeño Bobby se sentía preparado para hacer del ajedrez su vida y
centrar en ello todos sus esfuerzos de cara al futuro. Si bien antes de
los doce años no había sido un niño prodigio como tal, al menos no uno
especialmente brillante, entre los trece y los quince años experimentó
un proceso de explosión ajedrecística completamente inaudito en un
adolescente de esa edad.







